No sé en qué momento exacto decidí que ese barco no iba a terminar pudriéndose en silencio, pero sí recuerdo perfectamente el día en que levanté la lona gris que lo cubría desde hacía años. Olía a madera vieja, a sal seca y a abandono. Estaba torcido, con la pintura levantada y varias tablas tan blandas que se hundían al tocarlas. A cualquiera con dos dedos de frente le habría parecido una causa perdida. A mí no. Yo veía horas de trabajo, sí, pero también veía a mi abuelo rejuvenecido, saliendo al amanecer, y me veía a mí misma haciendo lo que más me gusta: trabajar la madera con las manos.
Soy carpintera desde muy joven. No por tradición familiar, sino por pura vocación. Me gusta el ruido de las herramientas, el polvo en la ropa y la sensación de dejar algo mejor de como lo encontré. Ese barco llevaba demasiado tiempo esperando a que alguien se atreviera a mirarlo sin pena. Así empezó todo.
El estado real del barco y la primera decisión
Antes de tocar nada, pasé varios días observándolo. No quería engañarme. Había partes claramente irrecuperables, tablas partidas, zonas negras por la humedad, clavos oxidados hasta desaparecer. El casco tenía golpes antiguos mal reparados y la cubierta estaba vencida en varios puntos. No era solo cuestión de lijar y pintar.
La decisión más importante fue aceptar que no iba a ser una restauración rápida ni limpia. Iba a desmontar mucho más de lo que me apetecía, pero prefería hacerlo bien. También decidí hacerlo yo casi todo, aunque sabía que en algún punto tendría que pedir ayuda. No me daba miedo el trabajo, pero sí hacer chapuzas por orgullo.
Le conté a mi abuelo lo que pensaba hacer. Me miró con una mezcla rara de ilusión y preocupación. No dijo que no, pero tampoco se emocionó. Creo que no quería hacerse ilusiones.
Limpiar sin miedo y perderle el respeto al desastre
El primer paso fue limpiar. Suena sencillo, pero no lo fue. Quité la lona, barrí restos de hojas, arena y polvo acumulado durante años. Después empecé a retirar todo lo que no servía: cuerdas viejas, herrajes rotos, restos de pintura que ya no protegían nada.
Mientras limpiaba, iba tomando notas mentales. Qué zonas estaban peor, dónde entraba más humedad, qué partes aún conservaban buena madera. No usé palabras complicadas ni hice cálculos raros. Me guie por el tacto, por el sonido al golpear suavemente la madera y por la experiencia que ya tenía en otros trabajos.
Esa limpieza también fue mental. Dejó de parecerme un montón de problemas y empezó a convertirse en un proyecto real, con principio y con fin.
Empezar a desmontar sin prisas
Desmontar da miedo porque parece que todo se va a venir abajo. Y, en parte, así es. Empecé por la cubierta, tabla a tabla. Algunas salían casi solas, otras hubo que pelearlas. Cada pieza que retiraba me enseñaba algo nuevo del barco.
Marqué todo con cuidado para saber luego dónde iba cada cosa. No para reutilizarlo todo, sino para entender cómo estaba construido. Mi abuelo siempre decía que ese barco tenía “su lógica”. Yo necesitaba descubrirla.
Aquí tomé una decisión que luego agradecería mucho: no tirar nada hasta el final. Incluso las tablas rotas me servían como referencia para cortar las nuevas. Es más lento, pero mucho más seguro.
Elegir maderas nuevas sin perder el carácter del barco
Una de mis mayores dudas era qué madera usar. No quería algo moderno que desentonara, pero tampoco iba a buscar piezas imposibles. Al final opté por maderas resistentes, bien secas y fáciles de trabajar. No voy a entrar en nombres ni detalles porque no hace falta para entender el proceso.
Lo importante fue respetar el grosor original y la forma de cada pieza. Nada de improvisar medidas. Corté, presenté, ajusté y volví a cortar muchas veces. Me gusta ese proceso, aunque sea lento. Me permite pensar y corregir sin estrés.
También decidí introducir pequeños cambios que no se ven a simple vista pero que ayudan mucho: mejor drenaje en algunas zonas, refuerzos discretos y un sellado más cuidadoso en las uniones. No cambié la esencia del barco, solo lo adapté a que durara más.
La quilla me dio verdaderos quebraderos de cabeza
Hubo un punto en el que tuve que parar. La quilla estaba peor de lo que parecía. No completamente perdida, pero sí muy tocada. Ahí entendí que no bastaba con mi experiencia. Podía arreglarla, sí, pero quería hacerlo con criterio.
Pedí consejo a Astilleros Mediterráneo, que tienen experiencia en restauración de embarcaciones de madera. No fui buscando que hicieran el trabajo por mí, sino orientación. Les expliqué el estado del barco, lo que había visto y lo que pensaba hacer. Me ayudaron a confirmar qué partes podían salvarse y cuáles no, y cómo intervenir sin comprometer la estructura.
Ese consejo me dio tranquilidad. Seguí trabajando yo, pero con la seguridad de no estar metiendo la pata en una parte clave del barco. Después de eso, no volví a necesitar ayuda externa.
Montar de nuevo y ver cómo todo empieza a encajar
El montaje fue la parte más gratificante. Empezar a colocar las nuevas tablas, ver cómo el casco recuperaba su forma, sentir que el barco volvía a tener sentido. Trabajé despacio, cuidando cada unión, cada ajuste.
Aquí me permití algunas ideas propias. Cambié ligeramente la distribución de algunos elementos para que fueran más cómodos sin alterar el aspecto general. Pensé en cómo usaría yo el barco, no solo en cómo había sido antes.
También dejé algunas marcas discretas, pequeñas señales que solo yo reconozco. No por ego, sino como forma de diálogo con el objeto. Ese barco ya no era solo de mi abuelo. También era un poco mío.
El acabado final y la importancia de no esconderlo todo
Cuando llegó el momento del acabado, tuve claro que no quería dejarlo perfecto. No me gustan las superficies que parecen nuevas cuando no lo son. Decidí respetar algunas señales del paso del tiempo, siempre que no afectaran a la seguridad.
Protegí bien la madera, pinté donde hacía falta y dejé otras zonas al natural. El resultado fue honesto. No parecía recién salido de ningún sitio, pero sí cuidado y vivo.
Cada día que terminaba una parte, llamaba a mi abuelo para que la viera. Al principio venía poco, como si no quisiera implicarse demasiado. Poco a poco empezó a quedarse más rato, a contarme historias del barco que yo no conocía.
El día que lo vio terminado
El día que terminé, no le dije nada. Solo le pedí que viniera conmigo. Quité la lona con cuidado y me aparté. Él se quedó quieto, sin hablar. Pensé que algo no le había gustado.
Después se acercó, pasó la mano por la borda y sonrió. No lloró ni dijo grandes palabras. Solo me dio un abrazo largo y me dijo que el barco estaba listo para volver al agua. Para mí, eso lo fue todo.
Trabajar sola, equivocarme y aprender a confiar en mi criterio
Hubo muchas horas en las que estuve completamente sola con el barco. Sin mi abuelo cerca, sin nadie opinando, sin música siquiera. Solo yo, la madera y el sonido de mis propias decisiones. Al principio eso me imponía bastante. Cuando eres joven y te dedicas a un oficio manual, siempre tienes la sensación de que te falta algo por aprender, de que todavía no deberías fiarte del todo de tu criterio.
Me equivoqué más de una vez. Corté alguna tabla demasiado justa, coloqué una pieza y al día siguiente me di cuenta de que no estaba bien alineada. En lugar de frustrarme, decidí tomarme esos errores como parte del proceso. Desmontaba, corregía y seguía. Sin dramatizar. La madera te enseña mucho si la escuchas y no intentas imponerle tu idea a la fuerza.
También aprendí a disfrutar de ese silencio. A trabajar sin prisas, sin la presión de terminar rápido. Me di cuenta de que una restauración así no se mide por el calendario, sino por cómo te vas sintiendo con cada avance. Había días en los que apenas hacía nada visible, pero aun así eran importantes. Ajustar, pensar, observar… todo eso también es trabajo.
Esa parte del proyecto fue imprescindible para mí como carpintera. Me ayudó a ganar seguridad, a confiar en que mi forma de hacer las cosas tiene sentido, aunque no sea la más habitual. Restaurar el barco fue importante, sí, pero reafirmarme en mi oficio lo fue todavía más.
Cuando el trabajo tiene sentido
Restaurar ese barco no fue solo un encargo personal. Fue una forma de unir lo que soy con lo que vengo. Aprendí a tener paciencia, a pedir ayuda cuando toca y a respetar los objetos que han vivido más que yo.
Ahora el barco vuelve a flotar. Mi abuelo ya no sale solo, voy con él muchas veces. Y cada vez que subo, sé que cada tabla tiene una historia, y que muchas de ellas las escribí yo con mis propias manos.

